sábado 7 de enero de 2012
Escudos
Se sentía patética. El cristal semi-opaco de una de las puertas reflejaba su figura. Lejos se escuchaban tacones, pasaban parejas, y todos luchando contra la niebla; gente que se divierte sin problemas o gente que, con tanto alcohol, se olvida de que los tiene. Las pocas farolas de la calle daban luz a aquella escena y ella, con abrigo, fumaba en su terraza. Todo el calor de la vida se acababa haciendo humo y terminaba por mezclarse con la niebla y la noche. Una capucha para resguardar las sienes de aquella terrible noche. La capucha gris cubría la cabeza y reconoció en su reflejo quizás a un caballero medieval con toda la grandilocuencia de su armadura, a punto de prender la lanza y montar en su caballo, con toda la fortaleza y la parsimonia propias de la gloria. Ese valor tan altivo de las figuras reconocidas como vencedores. Y en la mano la espada con rubíes y esmeraldas: el filo suave del acero guardando el honor junto a la elegancia de las piedras preciosas. Y se sintió tan grandiosa, tan grandiosa y tan patética a la vez. Como arma sólo empuñaba su cigarro, que, apenas echando humo, se hacia nada. Ella no tendría lanzas ni espadas con puño de oro ni tampoco armadura, el cuerpo detendría todos los golpes y como defensa y ataque quizás la palabra. Puede que también algo de rabia en la mirada, el odio deslizándose por sus mejillas y un mínimo de esperanza. Pero compartía con aquel caballero inglés el entusiasmo por librar las batallas del presente, las que están por venir y las que, inesperadamente, vendrán. Y tiró el cigarro. Cenizas sobre la tumba.
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