miércoles 7 de septiembre de 2011

Responsoabilidades


Invéntate el final de cada historia,
que el amor es eterno mientras dura.
La extraña pareja
Ismael Serrano.




El velo negro no era suficiente para empañar la vista, solo la ocultaba. Lo que realmente impedía la visión eran las lágrimas que se resistían a deslizarse por las mejillas. Hacía frío aunque era verano, y el calor del agua contenida le abrasaba los ojos. A los pies de la iglesia había charcos, esquivándolos entró. La iglesia estaba desierta, ahora ya casi nadie creía en nada que no se sirviera en un bar.
Comenzó a rezar: las rodillas descansaban en el mullido reposa-pies de madera - aquella especie de plataforma, que se erguia a ras de suelo tras nacer de la espalda de unos de los muchos asientos que poblaban la pobre y pequeña iglesia de pueblo, recubierta de una tela morada- y sus brazos doblegados en sus codos se clavaban en el banco delantero, su murmullo se desplegaba por el silencio del templo y sintió miedo mientras recitaba el bien aprendido responso.
Todos los penúltimos sábados de cada mes sacaba el velo negro del armario, lo tendía para ventilarlo, lo sacudía y lo planchaba. Después se iba de fiesta. El domingo amanecía en cualquier cama, al lado de cualquiera, como casi todos los domingos, y huía de la misma manera: con cuidado se levantaba de la cama, se ponía el sujetador, el vestido, se recogía el pelo, se pintaba los labios, dejaba la marca de un beso en la almohada o en el colchón, dejaba la liga en la mesita de noche o en la cómoda o en el pomo de la puerta, metía las bragas en el bolso y se iba. De camino a casa, siempre andando, a veces caminaba un par de minutos, a veces horas, tiraba las bragas en el primer contenedor que veía. Era un rito extraño, pero estaba acostumbrada a hacerlo y para ella era lo más normal del mundo. Al llegar a casa se daba una ducha de, al menos, media hora y esperaba pacientemente a las 8 de la tarde. Aquellos domingos por la tarde nunca hacía planes, nunca quedaba con nadie, el responso la esperaba. Llevaba años repitiendo mes tras mes el mismo responso y cuando se le venía a la cabeza un martes o un viernes se echaba una copa de whisky. Mientras el alcohol caía intentaba no recordar que a él le gustaba el martini, pero la mayoría de las veces no lo conseguía, y entonces se ponía un poco más de whisky en la copa. Mientras tanto, él estaría en alguna bar o en alguna casa bebiendo, sin duda, una copa de martini.
Hacía años que lo mató. Ella se acercó, él sabía lo que iba a decirle:
-No podemos seguir así, será mejor que lo dejemos.
Y desde entonces, hasta hoy. Se volvieron a ver un par de veces, pero hicieron como que no se veían. Desde aquel día a ella le quedó la responsabilidad de velar al difunto y la contradictoria decisión de continuar con la vida siempre en duda mientras el dolor, la culpa, la rabia y la ausencia se mezclaban con el sabor de otros besos.
Otros besos dulces que a veces se amargaban cuando llegaban los recuerdos: las espinas de las rosas, el vino avinagrado; aquellas tardes de vino y rosas no fueron tan buenas, las pancartas acabaron por mojarse en el mar, pero nunca vieron la arena de playa. Y sin embargo, ella vivió todo intensamente y prometió que nunca prometería, lo que la ató al segundo amor del su vida. Y entre aquel debate, la decisión que tomaban las distancias y las promesas, fue el tiempo de achacar responsabilidades.

Terminó el responso, a penas 15min. Salió de la iglesia bajo la atenta mirada del sacerdote que siempre la observaba con curiosidad pero que nunca se atrevía a dirigirse a ella. Se quitó el velo, el frío inusual de aquella tarde de agosto le abofeteó en la cara, y encendió un cigarrillo para entrar en calor. Para entrar en calor.


Al primer amor se le quiere más,
a los otros se les quiere mejor.
Antoine de Saint-Exupery