Todos morimos. Pero no de aquella muerte eterna del revivir o del negro iretornable, morimos en un sentido más simple, más triste, más completo. La muerte nos acoge en el olvido de unos ojos negros cuando dicen fijamente mirando a otros ojos: “Ya no te quiero”: Hay muertes naturales, de estas abocadas al olvido sereno, aquellas muertes que vienen despacio, con una agonía lenta. Pero también hay muertes forzadas, asesinatos en toda regla, aquellas muertes son las del “No puedo quererte”, “debo olvidarte” o “tengo que irme”, y suele temblar la voz como tiemblan los puñales tras la espalda del futuro finado. A veces, se rinde luto: en lugar de flores, algunas tardes viendo fotografías o leyendo viejas cartas emborronadas; otras veces, ni siquiera existe el mayor remordimiento, la mínima tristeza. A veces, una lápida a modo de carta de despedida; otras veces no queda ni un último adiós, y hay quien quiere dejar rastro y sólo deja vacío, pero todas las muertes se superan. A veces somos culpables de las muertes, otras veces somos victimas, pasivas o activas, incluso cómplices en muchos casos.
Pero al final alguien viene a revivir la sonrisa y se puede asegurar que los nuevos besos han revivido al cadáver, más siempre será tan solo un cuerpo olvidado para otra persona: una cara amiga, un retrato de olvido, una despedida, una historia —muerta—.
Ella le había dejado, nos explicó sereno,
y había decidido considerarla muerta,
y brindar por su olvido y su descanso eterno,
y celebrar su entierro de taberna en taberna.
La extraña pareja
Ismael Serrano
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