sábado 4 de febrero de 2012

Obligaciones



Quería ser Penélope. Y escribir. Sobre todo quería escribir, por encima de todas las cosas, pero desde la mesa le vigilaba un tal Deyermond cubierto de una blancura astuta, rodeado de letras color escarcha, seguro que con cientos de años dentro, cientos de años de teoría desmesurada. Tiempo perdido, entre hojas, tiempo de niebla y castillos medievales. Y ella quería ser Penélope, y hacer cualquier cosa que no mereciera la pena. Quería deshilvanar su telar cada noche, contando estrellas a través de las rejas de su patio común a tantos ojos. Quería esperar a Ulisses, y no esperalo nunca. Quería hacer todo lo posible por impedir que él llegara a Ítaca, quería ser libre, tan sólo atada al telar por los hilos de colores donde los pájaros jugaban a inventarse. Ella quería inventarse y huir de Ulises y de Deyermond y de las mañanas grises y de las obligaciones. Aunque pasara su vida al lado de aquel lienzo de tela, al menos sería suyo, y tendría algo suyo, algo que destrozar a su antojo. Penélope quería ser uno de esos pájaros de colores que tejía cada mañana y destejía cada noche, al menos así sería eterna y no debería acabar de volar nunca. ¡Qué manía con acabar las cosas! ¡Qué manía Deyermon! Ella quería ser arte y desaparecer en la noche como una estrella desojada por unas manos de mujer, pero el peso de los libros la atenazaban en su escritorio y si dejó de escribir, lo prometo, fue porque tenía que acabar algo más importante que una historia y que, por lo visto, según le parecía a todos, pesaba más que un poema lleno de sueños de colores.




No era que no lo hubiese reconocido a la luz del hogar, no eran sus
andrajos de mendigo, su transfiguración; no: había indicios claros-
la cicatriz de su rodilla, su robustez, la astucia de su mirada. Asustada,
apoyando la espalda en la pared, buscaba una excusa,
una corta prórroga de tiempo, para no tener que contestar,
para no traicionarse. ¿Había gastado entonces veinte
años por él?

¿Veinte años de sueños y anticipación, por este desdichado,
esos bigotes blancos manchados de sangre? Muda, se dejó caer
en una silla, miró lentamente a sus pretendientes muertos en el suelo, como si mirase
muertos sus propios deseos. Y: «bienvenido», le dijo,
escuchando su propia voz, extraña y lejana. En el rincón, su telar
llenaba el techo de un enrejado de sombras, y aquellos pájaros
que había tejido contra un follaje verde en brillantes hilos rojos,
de repente, esta noche del regreso, se tornaron de color ceniza y
negro, volando por el cielo llano de su última perseverancia.

Yannis Ritsos (1909 - 1990)

domingo 29 de enero de 2012

Un constante final de desamparo
detrás de cada punto.
¡Con lo que hemos sido!
En realidad nada, no fuimos nada,
sólo pesamos de ser desconocidos
a gente que cree que infimamente
no desconoce al otro.
Dos cuerpos cobardes, abocados al olvido,
dos poemas mediocres
y un punto y a parte.
dos épocas, dos años de un mismo
camino,
dos ilusos destinados
a ser realistas.

martes 24 de enero de 2012

Anhelo.

Anhelo ser y no ser nada,
un soplo de aire, una palabra,
que se escapa de tu boca
en un anhelo.

sábado 7 de enero de 2012

Escudos

Se sentía patética. El cristal semi-opaco de una de las puertas reflejaba su figura. Lejos se escuchaban tacones, pasaban parejas, y todos luchando contra la niebla; gente que se divierte sin problemas o gente que, con tanto alcohol, se olvida de que los tiene. Las pocas farolas de la calle daban luz a aquella escena y ella, con abrigo, fumaba en su terraza. Todo el calor de la vida se acababa haciendo humo y terminaba por mezclarse con la niebla y la noche. Una capucha para resguardar las sienes de aquella terrible noche. La capucha gris cubría la cabeza y reconoció en su reflejo quizás a un caballero medieval con toda la grandilocuencia de su armadura, a punto de prender la lanza y montar en su caballo, con toda la fortaleza y la parsimonia propias de la gloria. Ese valor tan altivo de las figuras reconocidas como vencedores. Y en la mano la espada con rubíes y esmeraldas: el filo suave del acero guardando el honor junto a la elegancia de las piedras preciosas. Y se sintió tan grandiosa, tan grandiosa y tan patética a la vez. Como arma sólo empuñaba su cigarro, que, apenas echando humo, se hacia nada. Ella no tendría lanzas ni espadas con puño de oro ni tampoco armadura, el cuerpo detendría todos los golpes y como defensa y ataque quizás la palabra. Puede que también algo de rabia en la mirada, el odio deslizándose por sus mejillas y un mínimo de esperanza. Pero compartía con aquel caballero inglés el entusiasmo por librar las batallas del presente, las que están por venir y las que, inesperadamente, vendrán. Y tiró el cigarro. Cenizas sobre la tumba.

jueves 8 de diciembre de 2011

Revolucionarios de papel

La poesía la borde del precipicio, las calles cubiertas por el fino rocío de las decepciones anejas, los pasos perdidos por las piedras sin rostro, los rostros hundidos en lágrimas y puños humillados...BLA, BLA, BLA. Palabras bonitas. Palabras bonitas que puede escribir cualquiera, cualquiera. ¿Qué hacéis? Revolucionarios de papel. “Que el mundo está muy mal, muy jodido, que no hay pan, que falta agua, que la gente se muere y sí, somos muy conscientes joder, muy críticos, muy autocríticos, muy maduros, muy responsables, muy listos, tan listos que no ponemos telecinco ni vamos a los rollos de siempre, que somos más de cerveza en mano y puño en alto, ya sabes, de amigos, copas, charlas, y tal.” Y tal. De filosofía barata sois, de cosas fáciles, de palabrería, de sentaos a ver como los demás os solucionan la vida, de protestas de boca pequeña. Retratos de angostura sois, charcos de arena, cristales rotos, vasos vacíos, agua sucia, zapatos rotos, eso sois. Me entran ganas de vomitar cada vez que oigo, que leo una inútil crítica, una bonita palabra tras otra en forma de coro cansado, desfallecido, sin voz. Porque por mucho que digáis, el movimiento se demuestra andando. SALUD Y LIBERTAD.


No te quedes mirando


P.D.: no (sólo) es una feroz crítica, es una invitación.

domingo 20 de noviembre de 2011

Gracias

"Je Veux d'l'amour, d'la joie, de la bonne humeur, ce n'est pas votre argent qui f'ra mon bonheur, moi j'veux crever la main sur le coeur."

Despuntando las tradiciones familiares he de decir que me llevo mucho más que nadie de esta derrota pretendida llena de flores y crespones negros coronados de lirios blancos. Tengo las ansias de parecerme minimamente; y con minimamente me conformo. Me quedan montañas de libros descubiertos que tú en persona me diste para que hiciera con ellos mi guarida, la afrenta agria de las cosas dulces, el odio en los ojos junto a la decepción, la elegancia del tabaco y su olor frente a las tapas de cuero viejo y las páginas amarillentas, algún negativo que olvidaste a modo de marcapáginas y que nunca revelaré, la saliva de las palabras clásicas envolviendo los recovecos de un presente descatalogado. Todavía guardo, aún no he usado, esa pluma de colores que ni siquiera tiene tinta. Y es que sólo tú ya sabias que iba a ser lo que soy: una filóloga de poca monta que bien podría haber sido dentista o barrendera de no ser por las tapas de cuero que me cobijaron en mi infancia: aquellos relatos llenos de vida y yo tan muerta ante ellos que no me quedó otro remedio más que aprender a luchar. Así soy yo, me conformo con luchar, con llevarte como escudo, las palabras de ánimo cubriendo las paredes vacías de poemas, las dedicatorias en la primera página de los libros de pasta blanda, las citas en latín en la cabeza cuando peleo con la traducción el día del examen. Lo normal. Sólo era una cría, sólo la más pequeña, la más inesperada y, quizás sea un efecto de la edad, la más sincera. Pero todas las niñas se hacen mujeres. Y aquí sigo yo, mirando desde el suelo la montaña de libros que sé que nunca alcanzaré, y cuidando que el tiempo nunca se lleve mis derrotas.


lunes 24 de octubre de 2011

Mi armadura hecha escombros




"No te voy a engañar, tengo poco que dar"
Y ya casi no me queda nada. Si rebusco en los bolsillos me quedan sueños, pero hay más pesadillas. Nunca quise engañarte, no tengo chaqueta y me entra el frío en los riñones, se me arruga la espalda y sólo me queda arrastarme por las piedras de algunas ciudades en las que no estuve nunca. Durante años fui guardando la risa y los retazos de odio en una maldita caja que ahora ni siquiera recuerdo donde está. Llené tu cabeza de confesiones, me quedé vacía de escombros, y los quiero. Llueve, y no tengo nada, tampoco agua de lluvia. Ha llegado el invierno casi de sopetón, cuando aún es otoño y quien lo diría. Humo. Si quieres ceniza pon la mano y recoge mis blasfemias. Todas aquellas impotencias que me socavaron, la imposibilidad de ser personas, la resignación constante, la decepción permanente. Y todos estos jodidos relatos cutres de depresión perenne que no acaban con un punto. ¿Qué más quereís de mi? Tengo poco que dar, jamás os he engañado.
¿Y quién tiene mi caja de pandora?