Quería ser Penélope. Y escribir. Sobre todo quería escribir, por encima de todas las cosas, pero desde la mesa le vigilaba un tal Deyermond cubierto de una blancura astuta, rodeado de letras color escarcha, seguro que con cientos de años dentro, cientos de años de teoría desmesurada. Tiempo perdido, entre hojas, tiempo de niebla y castillos medievales. Y ella quería ser Penélope, y hacer cualquier cosa que no mereciera la pena. Quería deshilvanar su telar cada noche, contando estrellas a través de las rejas de su patio común a tantos ojos. Quería esperar a Ulisses, y no esperalo nunca. Quería hacer todo lo posible por impedir que él llegara a Ítaca, quería ser libre, tan sólo atada al telar por los hilos de colores donde los pájaros jugaban a inventarse. Ella quería inventarse y huir de Ulises y de Deyermond y de las mañanas grises y de las obligaciones. Aunque pasara su vida al lado de aquel lienzo de tela, al menos sería suyo, y tendría algo suyo, algo que destrozar a su antojo. Penélope quería ser uno de esos pájaros de colores que tejía cada mañana y destejía cada noche, al menos así sería eterna y no debería acabar de volar nunca. ¡Qué manía con acabar las cosas! ¡Qué manía Deyermon! Ella quería ser arte y desaparecer en la noche como una estrella desojada por unas manos de mujer, pero el peso de los libros la atenazaban en su escritorio y si dejó de escribir, lo prometo, fue porque tenía que acabar algo más importante que una historia y que, por lo visto, según le parecía a todos, pesaba más que un poema lleno de sueños de colores.
No era que no lo hubiese reconocido a la luz del hogar, no eran sus
andrajos de mendigo, su transfiguración; no: había indicios claros-
la cicatriz de su rodilla, su robustez, la astucia de su mirada. Asustada,
apoyando la espalda en la pared, buscaba una excusa,
una corta prórroga de tiempo, para no tener que contestar,
para no traicionarse. ¿Había gastado entonces veinte
años por él?
¿Veinte años de sueños y anticipación, por este desdichado,
esos bigotes blancos manchados de sangre? Muda, se dejó caer
en una silla, miró lentamente a sus pretendientes muertos en el suelo, como si mirase
muertos sus propios deseos. Y: «bienvenido», le dijo,
escuchando su propia voz, extraña y lejana. En el rincón, su telar
llenaba el techo de un enrejado de sombras, y aquellos pájaros
que había tejido contra un follaje verde en brillantes hilos rojos,
de repente, esta noche del regreso, se tornaron de color ceniza y
negro, volando por el cielo llano de su última perseverancia.
Yannis Ritsos (1909 - 1990)
